viernes, 17 de mayo de 2013

Muerto el perro, ¿se acabó la rabia?




Hoy inicié el día sin noticias. Me desperté, encendí la luz, y a diferencia de otros días, no prendí la tele ni me puse a leer tuits o a revisar facebook. Como se me había hecho un poco tarde, me concentré en vestirme, desayunar leche y una galleta, y jugar un poco con la gata.

Ya camino al trabajo, hice el habitual viaje de hora y media que separa mi casa de mi oficina, y a diferencia de otros días, que voy en autobus, hoy me llevé el coche y manejé. No puse la radio, conecté mi iPod e iba eligiendo canciones que pudiera cantar, y también las más movidas (Party rock is in thaa hooouse tonight, I want you to take over control, take over control… etc).

No fue sino hasta casi las 9 de la mañana que, ya en los semáforos del tráfico de Reforma, pude leer los primeros posts de FB que me enteraron del asunto. Este fue el primero que leí:

“Murió el genocida más grande de la historia argentina, las muertes no son para celebrar, pero esta siii, chau mierda, que te coman los gusanos, lástima que los pobres se van a morir de indigestión.”

Naturalmente, en pocos segundos supe que se trataba de Jorge Rafael Videla.

A mis casi 32 años, para mí estas 3 palabras formando un nombre son sinónimo de horror, vergüenza y todo lo más abyecto de mi país. Nací en el 81, en plena dictadura y un año antes del evento que marcaría su estrepitosa caída (la guerra de Malvinas), pero las consecuencias de lo que pasó en esa época las sigo pagando hasta el día de hoy.

No les voy a contar a detalle la historia de ese ser tan tenebroso que a los 87 años murió en prisión y convencido de que luchó una guerra "contra el mal". Lean ustedes la historia e infórmense. Tampoco les voy a contar sobre lo que significa el volumen de los desaparecidos (30 mil), sobre los que este señor se atrevió a declarar: "los desaparecidos son eso: desaparecidos. No están ni vivos ni muertos. Están desaparecidos". La historia lo recordará por esa frase. Es un discurso tan macabro que prefiero que cada quien lo lea por su cuenta.

Lo que yo quiero decir es que lo que sucedió en esos años (debido la sociedad que generó el caldo de cultivo para que una mente tan perversa llevara a cabo un elaborado y sistemático plan de aniquilación) hasta el día de hoy se sigue pagando, porque no sólo mutiló a la nación socialmente, sino que también reforzó el modelo económico enfermizo y desigual que hoy tantos luchan por modificar. Estoy con ellos.

Esa situación de crisis y destrucción permitió que en el 89 llegara un Menem y destrozara el país de la manera en que lo hizo, como el más grande de los mafiosos que no tiene nada que envidiarle a nuestro hábil Chapo. Por culpa de malnacidos como ese, mi familia tuvo que dejar el país (por eso y muchas más razones, pero eso sin duda ayudó muchísimo) lo cual para mi fue y aún es muy doloroso. Mi experiencia no tiene punto de comparación con la de aquellos que perdieron su vida entera, sus familias, su esperanza, y que los dejaron con la estúpida palabra "desaparecido" flotando en medio de la nada. Lo mío es juego de niños al lado de lo que vivió tanta gente y que lastimó la psique de una nación entera. Pero si hasta a mí me llegó, ¿pueden imaginarse la fuerza de ese impacto?

Lo que se vive hoy en México es similar en el sentido de la falta de estado de derecho y la ausencia de garantías individuales. Sabemos de asesinatos, aniquilación, tortura y violencia extrema, pero aún no llegamos al punto del terrorismo de estado. ¿Pero qué es lo que falta para que algo así suceda? Lo más perturbador de todo esto es que cuando está sucediendo, la media de la sociedad inmersa en el problema es incapaz de verlo, se da cuenta muy tarde, cuando lo peor ya explotó. Quiero creer que en esta era digital las cosas pueden ser muy diferentes.

Y quiero creer en un karma y en un orden del universo que, en el caso de que volviera a surgir una situación como la de Argentina en los 70s, podamos aprender de la historia (no sé si los argentinos, los mexicanos, o todos los latinos) para reaccionar con consciencia y no permitir que ese vergonzoso patrón se siga repitiendo. Hay que cerrar el ciclo. Y el hecho de que este ciclo haya muerto juzgado, abandonado y solo en una celda, y no en la tranquilidad de una lujosa casa de descanso, me da un poquito de esperanza.

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