
Y así comprendió que aquel que tocara el crucifijo tenía acceso, como una abierta invitación a participar en alguno de sus sueños. Al principio lo llamó casualidad, que aunque no era muy afecta a este término que le sonaba a excusa, a lavarse las manos, fue lo primero que su esquivo sentido común dibujó en su mente.
Después pensó en las verdaderas implicaciones de que no se tratara de una coincidencia: existiría un mecanismo mediante el cual podría entender parte de lo que sucedía cuando dormía. Ella sabía que ése era su verdadero estado de consciencia y no la engañosa y vulgar vigilia, ese vil sueño.
Esa misma noche lo comprobó: aquellos que, voluntariamente, como jugando, habpian puesto su piel en contacto con la brillante cruz de plata que descansaba sobre su esternón o plexo solar, para ser más exactos, habían aparecido en los más diversos escenarios oníricos, y en su mayoría como protagonistas.
Recorrió la gigantesca estación de tresnes al lado del ingenuo jovencito de esa tarde; subieron escaleras y todo seguía igual de vacío, un tranquilo vacío color verde botella. La señora de la esquina fue la violinista en la orquesta flotante en la que su balsa había encallado. Y el bebé de Linda era la criatura que despertaba en el colchón lleno de hojas secas, junto a un orangutpan colorado que se dedicaba pacientemente a desgranar una mazorca. Todos ellos habían accedido por medio de la cruz.
Y así se le ocurrió, casi sin planearlo, que podría hacerse la invitación a ella misma. Claro, suena estúpido, cómo va a ser posible que con solo tocar algo que cuelga de su cuello va a pder … por favor, y se hizo de una sonrisa ladead mientras se quitaba la ropa. Poco antes de que se le empezaran a cerrar los párpados tomó la cruz entre sus dedos índice y pulgar y sintió el metal tibio que de tanto estar sobre su pecho tenía la misma temperatura, como parte de su aura.
Después de eso se quedó dormida. Y en el sueño se vio a sí misma en distintos escenarios; no era un espejo, no era alguien parecido a ella. Era su alma, pero no tenía su rostro, ni sus ojos, era muy diferente, ni siquiera tenía un sexo definible. Se acercó caminando lentamente hacia ese ser, pensando en tantas preguntas que siempre quiso hacerse a sí misma, preguntas que se quedaron flotando en el limbo, porque cuando estaban a punto de salir de sus labios, algo se rompió … el sueño bruscamente terminó. Y a la mañana siguiente, simplemente ya no despertó.
Después pensó en las verdaderas implicaciones de que no se tratara de una coincidencia: existiría un mecanismo mediante el cual podría entender parte de lo que sucedía cuando dormía. Ella sabía que ése era su verdadero estado de consciencia y no la engañosa y vulgar vigilia, ese vil sueño.
Esa misma noche lo comprobó: aquellos que, voluntariamente, como jugando, habpian puesto su piel en contacto con la brillante cruz de plata que descansaba sobre su esternón o plexo solar, para ser más exactos, habían aparecido en los más diversos escenarios oníricos, y en su mayoría como protagonistas.
Recorrió la gigantesca estación de tresnes al lado del ingenuo jovencito de esa tarde; subieron escaleras y todo seguía igual de vacío, un tranquilo vacío color verde botella. La señora de la esquina fue la violinista en la orquesta flotante en la que su balsa había encallado. Y el bebé de Linda era la criatura que despertaba en el colchón lleno de hojas secas, junto a un orangutpan colorado que se dedicaba pacientemente a desgranar una mazorca. Todos ellos habían accedido por medio de la cruz.
Y así se le ocurrió, casi sin planearlo, que podría hacerse la invitación a ella misma. Claro, suena estúpido, cómo va a ser posible que con solo tocar algo que cuelga de su cuello va a pder … por favor, y se hizo de una sonrisa ladead mientras se quitaba la ropa. Poco antes de que se le empezaran a cerrar los párpados tomó la cruz entre sus dedos índice y pulgar y sintió el metal tibio que de tanto estar sobre su pecho tenía la misma temperatura, como parte de su aura.
Después de eso se quedó dormida. Y en el sueño se vio a sí misma en distintos escenarios; no era un espejo, no era alguien parecido a ella. Era su alma, pero no tenía su rostro, ni sus ojos, era muy diferente, ni siquiera tenía un sexo definible. Se acercó caminando lentamente hacia ese ser, pensando en tantas preguntas que siempre quiso hacerse a sí misma, preguntas que se quedaron flotando en el limbo, porque cuando estaban a punto de salir de sus labios, algo se rompió … el sueño bruscamente terminó. Y a la mañana siguiente, simplemente ya no despertó.
2 comentarios:
Me encantó este hermoso relato ...
que bueno que le latió prof! ;)
Publicar un comentario