
De todas las respuestas posibles, el silencio es la más grande, la más poderosa. Es la que más hiere al inseguro, la que más agranda el ego del prepotente que no desea oír, la que más desespera al ansioso.
Por eso dicen que el que calla otorga. Dicen tanto del silencio, dicen. Pero el silencio no dice nada, como tal no existe, pero no se puede negar que tiene peso y ocupa espacio. Porque el silencio es materia pura, está hecho de lo mismo que forma a los seres humanos: vacío y esperanza, interpretaciones, pensamientos.
A él no le importaba su silencio, y no mentía meditándolo en voz baja, porque sabía que la única verdad que le importaba era la de ella, la verdad que era su vida tan ajena, tan lejana e indolente. Ella ya no era fría, ya no estaba ausente, pero... seguía sin ser suya. Y tal vez nunca lo sería. Se había acostumbrado a esa idea, estaba cómodo en ella, la acariciaba. Lo que aún le costaba un poco aceptar eran los silencios, esos silencios que antes hasta lo hicieron llorar de rabia. Ahora se calmaba a sí mismo repitiéndose que no le importaban, bajito, sonriendo; y así se hacían más leves. Finalmente lograba disolver el silencio, no con sus interminables diálogos internos, ni con sus hazañas, y mucho menos con sus rencores. Lo disolvía aceptándolo.... y fundiéndolo con su propia distancia, su decisión de dejar de necesitarla.
Tal vez cuando la vea, tal vez cuando la toque otra vez... pero por ahora, en su silencio no hay nada.
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