domingo, 25 de enero de 2009

La honestidad de los recuerdos

Volviste diciéndome "adivina lo que me pasó!": se te había derramado el agua de tamarindo y te había caído un poco dentro de la manga. El trayecto hasta la mesa donde yo te esperaba -la mesa que yo había usurpado- era sinuoso y como era de esperarse las gotitas tocaron tu muñeca. No es que seas torpe, pero las gotas vieras como son traicioneras.

Comiste muy rápido y yo -como siempre- muy lento, hasta que llegó la hora de tu clase y te acompañé hasta el salón. Hacía un calor de modorra, el calorcito de siesta de viernes que invita a dormitar o a tomarse una cerveza, y como cuando llegamos aún no había llegado nadie, nos quedamos a charlar un rato en el barandal. Tenías una enorme flojera de entrar a clase y yo tenía una increíble hueva de separarme de ti.

Te burlaste dulcemente de mis intentos de leer esos posters con títulos en ruso (tú pensaste que era japonés) y me dijiste que era ñoñísima, a lo cual te retruqué que no más que tú, que si yo tenía un 5 de 10 en la escala de Richter de la ñoñez, tu seguramente tendrías un 9.75, y estallaste en carcajadas y tiraste un poco la cabeza hacia atrás al reír.

Dijiste: "ya llegó la primera víctima", pero no mostrabas intención alguna de dejar el barandal. Después pasé a tu lado, muy cerca, tocándote suavemente el brazo izquierdo con mis dedos y te dije que ya me iba, y me agradeciste por haberte acompañado.

Después reapareciste en mi puerta y me preguntaste cosas que ya no recuerdo, te pregunté como te fue en la clase. Te escuché decir que te dolía la cabeza, me pediste un ibuprofeno, te lo di y te lo tomaste con algo de agua que te serviste en un vaso de unicel. Después me dijiste que estabas de ocurrente porque te cruzaste con la pastilla que te di porque era de los Similares (lo mismo pero más barato); me dijiste algo de bonita, hermosa, preciosa, y se terminó la tarde.

Cuando salimos nos dimos cuenta que había llovido; aún llovía, y el piso desprendía ese calor húmedo que deja un día entero de sol ardiente. Nos separamos de los demás, tú y yo por un lado, caminando hombro con hombro, yo disfrutando la lluviecita tibia, tú agachando un poco la cabeza. Te dije que el cielo se veía hermoso, era de un tono salmón irreal, y comenté que ahora las tardes eran más largas, los días con más luz. Levantaste la mirada y me dijiste que era muy cierto, pero que no lo habías notado hasta ese momento: te sorprendiste.

Llegamos hasta el punto donde se separaban nuestros caminos y me ofreciste tu mejilla para despedirte, vi de cerca el hueso marcado de tu quijada, te di un beso. Algo hiciste con tu mano que cuando bajé la mía alcancé a rozarte el dorso sin querer, en un movimiento certero que pareció la coda de un vals.

Te pensé todo el fin de semana.

Imagen: Bailarines de Tango, calle Florida, Buenos Aires, 2004

2 comentarios:

Erick dijo...

"No es que seas torpe, pero vieras las gotas cómo son traicioneras"

Palabras que bastarían para que cualquiera pensase a la narradora todo el fin de semana.

Hermoso post.

Anónimo dijo...

woooouuu!! no que ya no habia nadie en tu corazon?!
me da gusto ver lo inspirada que eres...

un abrazote mi noe,

L.