Tan absurda y natural tu ausencia como el filoso vacío en el estómago que aún descreo pero igual aprieta. Si ni siquiera te he dado tiempo de irte y ya dueles... es más, cuando pude te dije bruscamente: hazlo ya! empaca! deja de molestarte, deja de preocupar, sólo vuela. No quiero extrañarte. Y ahora soy yo misma quien no te deja volar.
Volar sí, pero a donde? a donde siempre has estado: lejos de mis manos y del alcance de mi deseo.
Supe de ti tanto tiempo, eras parte del paisaje. Existías en tu mundo, el mío era paralelo; nuestras rutas ya habían coincidido lo suficiente y no haría falta conocer más del otro. La fatalidad nos hizo acercarnos cuando en realidad nunca dejaríamos de estar lejos.
Y esa original lejanía se confirma con tu ausencia.
Elijo siempre gente que se va. Ellos siempre, continuamente, se están yendo. Ya estoy tan acostumbrada. Yo aquí me quedo en el borde, levitando, pensando, escribiendo.
Ella va pero regresa, es necesario que se me desaparezca un poco del horizonte, que me desintoxique (por enésima vez lo intento, aprovecho esta coyuntura) y tal vez por fin yo olvide. Él, por su parte, también se va pronto y a mi parecer no regresará nunca. Me dice que no piense demasiado y que viva el romance... puedo? acaso puedo? Ser capaz de vivir sólo el presente sin pensar en el mañana.
Quisiera por una vez ser yo la que se desaparece. Sumergirme de un golpe al manantial y escaparme así de la nada, de la ausencia, de lo que no puede ser pero igual quiero.
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