jueves, 27 de julio de 2006

perdona nuestros placeres

por casualidad llegué a esto que me gustó, es de un libro que se llama como el título y lo escribió Sandra Russo ... ok suena un poco a artículo de revista pseudofeminista, pero la verdad está muy bien logrado y de algun modo me identifiqué .. jajaja.

La copa de vino
Cerramos la puerta tras nosotras: estamos en casa. Quedaron afuera las pequeñas batallas del trabajo: entretejidos de miradas, tonos de voz, desaires, desajustes, destellos y triunfos nimios, tan nimios que no vale la pena brindar por ellos. No brindaremos, pero nos servimos una copa de vino.
La copa tiene voz propia. Pide una pincelada de borgoña. El vino cae en ella como nosotras desearíamos caer, sueltas y decididas, en los brazos de alguien. Derramadas, abandonadas, desarmadas. La miramos antes de acercarla a la boca. Esa visión ya es parte del disfrute. Esta es la copa de vino que comparto conmigo, nos decimos en esa ceremonia que nos contiene como la copa al vino. Y bebemos despacio, buscando en ese sorbo la pizca de deleite que el día nos ha retaceado. Nada demasiado grave ni agudo habrá de sucedernos.
Simplemente queremos descansar, sentir en la humedad de los huesos un poco de calor, aflojar nuestros nudos, los antiguos y los presentidos. Queremos que el cuerpo se nos aligere y que la mente se aplaque. Tal vez también queremos recordar. Algo bueno. Algo bello.
Bebemos nuestra copa de vino, solas, calladas, descalzas, tiradas en el sofá, mientras afuera las luces de las otras casas se van encendiendo y apagando.

Las sábanas limpias
Es lunes, maldito lunes. El día cuyo único mérito es haberse sobrepuesto al domingo. Es lunes y es de noche. Podemos aflojarnos. Haber empezado la semana es mucho menos temible que estar por empezarla. Ya estamos en carrera. Desde mañana será cuestión de abandonarnos a la inercia que hace pasar los días como si fueran cuadros de una película que protagonizamos pero cuyo argumento escribe otro. Estamos cansadas.
Nos vamos a la cama. Casi todo es mecánico los lunes. Vestirnos, decir buen día, ocuparnos, desocuparnos, volver a casa, desvestirnos. Pero entonces, cuando nos acostamos, las piernas se nos deslizan dóciles por las sábanas, descubriendo por ellas mismas el bienestar del roce. El cuerpo encuentra su nido fresco y con perfume a limpio. Los lunes nos reservan ese premio inesperado, tan pequeño que si no estamos atentas puede ir a parar a la basura a la que arrojamos todo lo que nos pasa inadvertido. Las sábanas limpias están allí para decirnos, en su lenguaje de algodón, que somos crisálidas. Es un bautismo laico y mudo que recibe nuestro cuerpo y nos introduce a la religión de las que saben dejarse acariciar.

Ya no duele
Es una fiesta sorpresa que nos damos a nosotras mismas. A las heridas amorosas que se curan, que ya no duelen, que se cierran, hay que tomarlas así: con reverencia. Sucede un día, después de andar penando quién sabe cómo y cuánto. Nos habíamos quedado lastimadas, como frutas que alguien muerde y después decide no comer. Como flores arrancadas de su tallo, como cuentas de un collar desenhebrado. Y sucede de improviso –quizá porque pasó el tiempo, quizá porque somos sabias – que pensamos en él o que lo vemos, y es... un hombre, un hombre a secas, un hombre que ya no nos conmueve. Lo comprendemos con la mente, pero también con el corazón y necesariamente con las uñas, y las palmas de las manos y las rodillas y la piel del vientre: hay cicatriz allí donde antes hubo herida. Capítulo cerrado. Libro leído. Lección aprendida. Flor en su tallo. Fruta intacta. No hay rencor: hay futuro.