muñecas de bronce
que arraigan tus brazos oscuros, a medio quemar.
Dame algo de tus manos, malditas y ajenas.
Dame un poquito más que tu manejo de mi cintura
desprevenida.
Llévame a algún lugar.
Cómprame esta alma perdida en tu nada, en tu tortuosa
imposibilidad.
Esta alma embebida en tu aroma,
que nadie más me la va a querer robar.
Llévate mis estúpidas ganas de ti, de que me raspe tu barba.
Llévatelas lejos donde ni mi vientre te pueda alcanzar.
No dejes que mi hombro roce el tuyo. No dejes.
Véndeme tu ausencia tranquila, tu recuerdo intocable,
tus dulces preguntas de Nietzsche y de Wagner.
Te doy Salomé por un poco de olvido. Y de paz.
Déjame lamer tus muñecas saladas sólo una vez.
Dame lugar para llorarte a gritos, para sentirme celosa,
enemistarme con ella y al final, justo al final
fundirme en la arena, amar tu veneno
tocarte los labios, morirme, soñar.
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