Voy cómodamente sentada en el asiento de atrás. Él va adelante de mí. De repente lo siento respirar. Veo sus hombros moverse ligeramente, es un hecho: él respira. Está vivo y está adelante de mí, sentado, tranquilo. Empiezo a sentir un calor inesperado en mi cuerpo. Inicia en el esternón y se expande a mis clavículas, con mi propia respiración se va adueñando de todo mi pecho.
Yo respiro y él respira. Los dos estamos vivos, coincidiendo, yendo hacia algún lado. Inspiro profundo y el aire tibio entra más y más abajo de mis costillas. El aire sale lento por mi nariz y mis labios se entreabren ligeramente, sin saber por qué; no me falta el aire, pero quiero más. Mi cuerpo empieza a intuir un peso muy tibio y vibrante encima mío, una presión y una voluntad sobre mi, y no es mi mente la que lo imagina, sólo mi cuerpo el que está dejándose llevar por una certeza inexplicable.
El calor baja a mi vientre con cada exhalación, y sus brazos se mueven un poco, se acomoda en el asiento, sigue inspirando y exhalando, y eso es suficiente para que mi cuerpo esté totalmente conectado al suyo. Son unos segundos en los que siento tan intensa su cercanía que me rindo a algo que es más que una fantasía y poco menos que un orgasmo inesperado, combustión espontánea. Si con él de espaldas me pasa eso, que no pasará cuando lo tengo en frente... o cuando él me tiene de espaldas.
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