(de nada de eso voy a hablar en este post, sino que trataré dichos temas en postes posteriores, si es que me acuerdo.)
En cambio, hablaré de un lugar fantástico que conocí hoy llamado Restaurant Casa Rosalía.
Está ubicado en el centro del DF, sobre eje central (Lázaro Cárdenas) a pocas cuadras del Sanborns de los Azulejos.
Para empezar, es un lugar recóndito pues hay que subir unas escalerísimas (como 3 pisos al subir, y 2 al bajar, no sé por qué pero al bajas se siente que son menos... jejeje) muy estrechas, en donde los colores y las puertas condenadas te hacen ver que se trata de un edificio muy antiguo. Si se pone atención, ya en el cartel que está en la entrada se puede uno informar que el restaurante existe desde 1937, así que no es ninguna novedad lo que voy a describir a continuación, pero igual lo voy a hacer.
Desde que se abren las puertas te recibe un amplio grupo de meseros y meseras, todos, me atrevo a presumir, sobrepasan los 45 años. Están caracterizados totalmente como si se tratara de otra época: no sé si situarlos en una película mexicana de los años 70's o en algún tiempo indefinido totalmente, pero decididamente previo a los 80's: el peinado de los hombres, sus bigotes, el maquillaje de las mujeres y las tonalidades naranjas en sus cabellos teñidos. Son todos muy amables, te dan la bienvenida y te ubican inmediatamente en la mesa que desees.
Acostumbrados a recibir clientes durante 70 años, intuyen enseguida cuando estás buscando el baño y te lo señalan.
Una vez sentado, te das cuenta que en la carta están escritas algunas reglas estrictas y algo bizarras:
1. El menú es individual y no se puede compartir
2. La comida no se puede sacar del lugar
3. Los meseros son los mismos desde 1937 y no sería cortés preguntarles su edad real (porque ya dije que aparentan entre 45 y 65 el más viejito?) ni desde cuando trabajan ahí.
Las opciones son sencillas, menú turístico y tradicional, y ambos incluyen paella. Te sirven enseguida, son muy atentos (insisto en que están pendientes del cliente en todo momento), y algo curioso es que la paella te la traen en un platote (para 2) y la mesera te va sirviendo. Muy cómodo. En un momento dado, mi botella de refresco (por ser coca Light) rechazaba constantemente el popote, y de inmediato vino un mesero a solucionarme el problema, limpiar lo derramado, etc etc.
Al inicio te traen un caldito como entrada, en una taza (elegimos eso de varias opciones), después viene la paella, y enseguida traen el plato principal, que de todas las opciones que había, elegí pescado, la opción era empanizado pero yo lo pedí a la plancha y así me lo dieron, con limoncito.
La mesera que nos atendió tenía un maquillaje muy cuidado, pero me recordaba tanto a las revistas de moda de mi tía Dora, octagenaria: mucho blush definiendo pómulos, nariz y mentón, cejas depiladísimas y delineadas de color negro, labios también delineados pero con algo de brillo. Y un chongo muy alto y prolijo.
Apenas terminamos de comer nos trajo el postre, un rico pastel de chocolate -seco!- y sin demasiada crema que quitar, y nos preguntó si nos gustó la comida, a lo cual respondí que deliciosa.
Debo decir que esta experiencia culinaria fue realmente un viaje en el tiempo, me sentí regiamente atendida como toda una dama de los 40's y recomiendo totalmente este lugar, si es que algún día andan por el centro y se les antoja comer algo así y piensan gastarse como $150.
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