lunes, 1 de junio de 2009

Apuesta por el romanticismo


Sus palabras quedaron flotando en el aire y en la salita a media luz se hizo un silencio como de algodón.

Nadie esperaba esa sentencia: los castigos que se estaban manejando a esa altura de la noche ya involucraban, por lo menos, uno ó más de los elementos a saber: confesión sexual sórdida, castigos corporales diversos (cachetada, nalgada, mordida simple, mordida de burro -sólo se sugirió-), semana inglesa simple, despojo contra reloj de alguna prenda íntima ajena, dramatización de posiciones del kamasutra, contacto de piel con piel, frotaciones varias.

Por eso cuando Fanny, la nueva maestra de árabe, dijo suavemente: que él elija a una de las niñas y le haga la declaración más impresionante que ella jamás haya oído, y que si a ella no le convence, le dé una cachetada, todos nos quedamos como suspendidos. No es que fuera algo verdaderamente inesperado (precisamente, si de algo está sedienta la turba es de novedad, de carne fresca, la sensación renovadora que da un cambio de monta), pero los sentimientos y toda esa serie de cosas que implican los hemos aprendido a guardar para otros momentos, porque todos sabemos muy con qué facilidad se evaporan -se subliman, se catalizan, se descontrolan- tan pronto como el alcohol hace su catártica entrada en el sistema nervioso central.

Tras el breve silencio, tímidamente nos fuimos encontrando las miradas, y nos dijimos con los ojos bien sorprendidos: es verdad... nos hace falta un poco de ternura. Ese tipo de calor es lo único que busca el flaco que abraza como quien posee una cosa a esa chica rizada que trajo hoy sin avisar, nadie sabe de dónde la sacó, todos saben que ella será sólo una chica de ocasión -se les ve en la mirada, no son novios, ni lo serán nunca-.

Fanny nos preguntó una a una: "y tú, eres romántica?" y a todas nos daba un poquito de vergüenza contestar. Una dijo rabiosa: "yo era romántica, pero aquí se me quitó". Otra simplemente dijo: "yo soy rara". Yo, feroz observadora, instalada en mi misterio, sólo negué con la cabeza. Todo menos exponerse. Podrán conocer cada rincón de nuestro cuerpo, pero nunca llegarán a vulnerar -no otra vez, no aguantamos una más- nuestro estúpido corazón.

Al fin, por eliminación general intencionada, sólo quedó una niña ante la cual él se arrodillaría. En realidad, la que quedó era la única que en verdad deseaba ocupar ese puesto, pues hace 2 noches ellos dos se habían besado en la feria (cosa que todos los demás, excepto Fanny, sabíamos perfectamente, razón por la cual instintivamente orientamos la situación hacia ese punto, dinámica grupal intuitiva) y ninguna de las otras tenía ningún interés en el muchacho.

A él le tomó sus buenos 10 minutos formularlo: de rodillas, una mano sosteniendo su cabeza como el pensador de Rodin, apoyándose sobre las piernas de ella, quien sentada y de piernas cruzadas lo miraba desde arriba con una expresión de expectativa. Finalmente, sus roncos veinte años hablaron por él: en resumen, dijo amarla completamente desde la primera vez que la vio, pero sabiendo que ella nunca podría ser para él, declaró que elegía vivir dormido para poder soñarla por siempre. No fue para nada cursi ni torpe; como los gastados juegos de niños que ya no somos, como el sexo lúdico y sin compromisos que en estos días parece ser lo único tangible. Fue algo sencillo, idealista y contundente. Fue romántico. Fue real.

Todos aplaudimos, también ella, quien con sus veinte años de generosos labios sonrientes lo salvó -por una vez- de la cachetada.

imagen: Deviantart

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