
Leer a Juan Rulfo, más que una recreación, puede llegar a ser una experiencia dura. Tan dura como las sensaciones que provoca un cuento plagado de muerte, desolación y devastación humana. El lector puede quedarse con el amargo sabor de una vida que no vale nada, la soledad de la ignorancia y la miseria moral de seres que, como fantasmas anclados en un limbo, no conocen más que la venganza y su eterna condena a luchar por una causa que saben perdida.
Pero afortunadamente esto no es todo lo que deja una obra escrita tan magistralmente como lo es El llano en llamas. De igual modo que en Pedro Páramo, se siente en ella el destello de las imágenes tan vivas, la música del silencio y la naturaleza implacable sirviendo como marco a los personajes que prolongan su vida (o su muerte?), suplicando comprensión, mientras dure su relato.
Dejando atrás la forma, uno se queda pensando en el fondo: ¿y esto hacia dónde me lleva? ¿Cómo lo entiendo en mi vida? Porque es claro que en el retrato de la vida del México rural con su atraso, sus miserias con una mezcla de mitos, obsesiones y fantasmas del caciquismo mexicano, el lector se puede perder en el anacronismo y concluir que la revolución y la guerra cristera son etapas que han quedado atrás en la historia de este país.
En el Llano en llamas la realidad era la lucha contra las tropas de los federales, un oponente enorme que los arrasaba, la meta era hacer justicia por medio de la injusticia, de hacer más daño que los que les hacen daño, ser más malvados. Así se puede ver al Pichón y a los suyos como los buenos, aquellos que tratan de desestabilizar a un gobierno que los estaba matando de hambre. En un cruento ataque al sistema que los excluye, al perseguir su meta los “buenos” caían en abusos, matanza y destrucción. Alguien que conoce la paz la puede buscar con paz, pero aquél que solo conoce la guerra no sabrá buscarla de otra forma.
Esta no es la historia de los vencedores, es la perspectiva de los de abajo, de los que se jugaron la vida porque no tenían nada que perder, y aún así fueron derrotados, de quien ha sufrido humillación y abuso, que aún vive pero con resentimiento y desconfianza.
¿Cómo puede llegar un ser humano a darle tan poco valor a la vida? ¿Qué es lo que hace que alguien como Pedro Zamora, o como el Pichón, viva y mate de la forma en que lo hace? La miseria, el abuso desde la infancia, la falta de identidad. O simplemente una elección. Todo ser humano elige, incluso elige no elegir.
Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos: ¿quiénes son los “perritos” de nuestro día a día? ¿Cuántas veces nosotros mismos hemos actuado como resentidos sociales? Cuando la capacidad de destruir ya no deja más opciones, la tendencia a la muerte y la autodestrucción aparentan ser la única respuesta posible a una realidad que oprime y excluye. Hoy los perritos son todos aquellos que por alguna razón están fuera del sistema y buscan su lugar. Pero como he dicho, la única respuesta posible es siempre una elección.
¿Existe siempre una posibilidad de transformar el mal en bien? El hombre tiene la obligación de elegir, ya sea elegir el amor a la vida, la construcción, o el amor a la muerte, o destrucción. Como dice Erich Fromm en El corazón del hombre, el primer acto de desobediencia es el primer paso del hombre hacia la libertad; el hombre está solo con sus dos fuerzas, la fuerza para el mal y para el bien, y la decisión es suya únicamente. Aun cuando alguien ha sido dañado, insultado y lastimado, el proceso mismo de vivir productivamente le puede hacer olvidar el daño del pasado, pues la venganza en sí misma sólo tiene la función irracional de anular mágicamente lo que realmente se hizo, y no genera más que violencia y daño adicionales.
El proceso de vivir productivamente implica crear, en cualquiera de sus formas, la actividad que más llena al ser humano. Crear vida es una de sus formas, crear arte, crear trabajo, crear amor, crear paz. Destruir vida requiere de una sola cualidad, el uso de la fuerza: así, el individuo que destruye porque no puede crear pretende vengarse de la vida porque ésta se le niega.
Hoy seguimos viendo muchos ejemplos que sin ser Un llano en llamas nos muestran una realidad triste sobre la capacidad humana: asesinatos, secuestros, robos y violaciones perpetrados por grupos de forajidos como son los maras en centroamérica, sólo por mencionar un ejemplo. En esta situación se puede distinguir un fuerte intento por desestabilizar al gobierno, al cual se le amenazó claramente: ‘En el cadáver, además, dejaron una nota amenazante, dirigida al propio Berger: "Señor presidente: si sigue persiguiendo a los pandilleros, seguiremos matando a gente".’¹
Para cualquiera de las dos caras, creación o destrucción, en cada ser humano la moneda se lanza continuamente. Este es el potencial más importante de una persona: la elección que le permite transformar la experiencia en aprendizaje, el dolor en fortaleza, el miedo en amor. Por eso El llano en llamas es un recordatorio de este poder, latente en todo ser humano, en el misterio del alma de cada individuo vive siempre la semilla de la posibilidad, mientras haya vida, mientras haya consciencia.
Bibliografía:
Fromm, Erich. El corazón del hombre. México DF: Fondo de Cultura Económica, 1966
RULFO, Juan. El llano en llamas [en línea]. Disponible en Web:
http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaLatinoamericana/rulfo/llanoenllamas.asp
¹http://www.americaeconomica.com/numeros4/250/reportajes/mariaeugenia250.htm
¹http://www.americaeconomica.com/numeros4/250/reportajes/mariaeugenia250.htm
3 comentarios:
Como bien dices la elección es única en cada uno de nosotros, dicha toma de desiciones nos permite realizar acciones que nos permiten evolucionar como seres humanos en diferentes grados en la vida, que es lo que se define como el bien o el mal.
Wooow super ensayo !! =)
si, es un requisito, por eso lo hice, jeje. Rulfo no es mi hit, excepto por Pedro Páramo.
que ensallo me servira para mi reseña q debo entregar mañana
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