martes, 18 de septiembre de 2007

La última fiesta



Todos sabíamos que lo de Adriana no podía terminar bien. Lo suyo era una obsesión de público conocimiento. Existen dos clases de obsesiones: están las que preferimos mantener bien guardadas en el cajón de la ropa interior y un día, a la mitad de una conversación casual las ventilamos y se pierden entre las anécdotas, y aquellas que deberían permanecer en el cajón, pero como tienen vida propia, se escapan sin nuestro permiso y cuando nos damos cuenta están ahí sentadas frente a nuestra mirada azorada, ofreciéndonos una copa más.

La de Adriana era una obsesión que bajo su lánguido rostro de víctima disfrazaba de nobleza unos rasgos marcadamente pasivo-agresivos. Ella quería ayudarlo, protegerlo, ser su brazo derecho... volverse finalmente indispensable. Que él sencillamente no pudiera vivir sin tenerla cerca. Todos sus movimientos, desde sus gestos sumisos y su incondicional sacrificio, incluyendo las horas de desvelo por terminar la escenografía el día antes de la función, hasta las escenas de llanto en algún cuarto de hotel cuando lo descubría con la nueva chica de turno, todo, todo era orientado hacia un mismo fin: que él se diera cuenta de lo mucho que lo amaba. Ella era la indicada, ella y nadie más. Declararle una muda guerra a todas las que competían por su volátil amor era, irónicamente, su estrategia más frontal.

Había sabido soportar tantas cosas a lo largo de estos años: humillaciones, bofetadas por parte de otras chicas, murmullos y uno que otro drama en su casa, cuando su madre la descubría llegar tarde una vez más. Pero todo valió la pena, pues ¿para qué sirve la vida sino es para consagrarse a lo que uno ama? Al precio que sea.

Sin embargo, esa noche las cosas llegaron muy lejos. Al calor del alcohol el frío de la madrugada parecía no sentirse. Circularon demasiadas botellas y Adriana, después de haber estado encerrada cocinando durante la primera mitad de la velada, había salido al fresco de la fiesta en el patio a esperar que él la encuentre. "Por qué no has brindado conmigo?" le dijo al verlo, a lo que él le respondió con alguna evasiva en las que era experto. Nadie supo cómo fue que llegaron los amigos de ella y desde la calle empezaron a retarlo: "éntrale cabrón, ahora no le vas a seguir faltando al respeto, hijo de tu chingada madre!". Ella no lo soltaba. Se aferró a su espalda como un koala a un árbol, no podía permitir que se se peleara, ni aunque fuera por ella. Él no lograba liberarse, pues de hacerlo seguro le haría daño: si bien ella lo superaba algunos centímetros en altura, su sinuoso cuerpo de mujer no podía contra la fuerza de sus más ochenta kilos de músculo macizo.

La situación estaba anudada: en la calle aguardaban los golpes, en el patio Adriana no lo dejaba ir. De pronto, apareció Irais desde el fondo de la fiesta y se acercó a ellos con paso firme. Siendo amiga de él, y no de Adriana, comenzó a insultarla con fiereza: "todo esto es por tu culpa, perra, tú lo metes en todos estos problemas, qué no tienes dignidad? vas a seguir rogándole?". Ante el lloriqueo de Adriana, Irais se burlaba de sus gemidos hasta que arremetió con los puños, con el afán de hacerla reaccionar. Adriana no se defendía, y en un momento dado, cuando el forcejeo entre ellos cedió, Irais se hizo a un lado y ambos fueron a dar al suelo, de espaldas. Él le cayó encima y ella no dejaba de llorar. Para rematarla, Irais la siguió golpeando, en la cara y en el estómago, aun cuando Adriana seguía en el piso.

Acostada boca abajo, Adriana se cubría la cara con los brazos y continuó llorando hasta que llegaron a levantarla. Él, por su parte, en cuanto pudo zafarse salió tranquilamente a la calle a diluir con palabras el pleito con los demás hombres que querían golpearlo, y ya habiendo solucionado aquello, regresó a Adriana y con dulce tono paternal le preguntó si estaba bien. Ante el bombardeo de comentarios de las demás mujeres que le decían que se calme, que piense en lo que estaba haciendo, Adriana sólo repetía "no estoy loca, no estoy loca.. ".

El lunes siguiente él anuncio al grupo que -gracias a Irais- ahora la compañía tenía una integrante menos, y que Irais se reintegraba formalmente después de un año de ausencia. Todo quedaba balanceado y sencillo, con la absoluta ligereza con la que siempre había manejado los conflictos en su vida. Con una sonrisa pidió un aplauso de bienvenida para Irais, y la miró en espera de una complicidad que nunca llegó, pues ella le lanzó una fuerte mirada de reproche.

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