
Él no es un cordero, y tampoco desea parecer suave. Él quiere ser misterio, pero su mansedad lo traciona por los ojos de carbón brillante, porque es hombre, y aunque es pozo sin fondo, sueña con ser su único dueño y protector. Con sus palabras, que son algo así como un abismo transparente e imantado -y él lo sabe- la atrae hasta hacerla nadar en sus aguas subterráneas, donde ella no hace pie.
Ella está francamente empapada de él, es pequeña pero no inocente. Nada serena en aquel pozo fresco, ligera y cada vez menos nerviosa, procurando con cada movimiento defender su propia libertad y, al mismo tiempo, conquistar cada vez un poco más de su arisco territorio. Lo que él no sabe es que ella nunca se sumergirá del todo, pues una vez que lo haga, perderá su aire e inevitablemente, morirá.
Ella está francamente empapada de él, es pequeña pero no inocente. Nada serena en aquel pozo fresco, ligera y cada vez menos nerviosa, procurando con cada movimiento defender su propia libertad y, al mismo tiempo, conquistar cada vez un poco más de su arisco territorio. Lo que él no sabe es que ella nunca se sumergirá del todo, pues una vez que lo haga, perderá su aire e inevitablemente, morirá.
Lo que ella no sabe es que, dormida y húmeda, ya ha bebido el agua del pozo que la fascina, y ahora, si se hunde lentamente, si se sumerge del todo, será desde adentro hacia afuera. El instinto de supervivencia de ella termina en donde empiezan las pulsaciones de su deseo , y eso es algo él sabe perfectamente.
Imagen: Underwater dream by Andra Simionescu
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