Imagina que no puedes más de deseo. Supón que necesitas –que en cierto modo, en este momento te es urgente- tener llenos los sentidos, sin demora. Buscas algo que te inspire, algo, alguien, una colina un poco sola donde puedas sentarte tranquilo a llorar de placer.
Mágicamente lo encuentras. Es un lugar que no existe más que en tu frente de plata. Te da fuego un día insólito, y después, muchas madrugadas heladas. Es un aliento a manzanas que no se dejan comer, que se te escapa como gata errante, te esquiva.
Te das golpes en el pecho para escuchar el vacío sellado en tu lado izquierdo, quisieras desensibilizarte. Caes en la cuenta de que lo que más esperas es -por favor, otra vez- esa mirada. Procuras mantenerte erguido, intentas no caer en la blandura pegajosa del desasosiego, no aferrarte a los cactus, no aferrarte a tu nada. Tratas de mantenerte moral, altivo en tu pureza estéril, pero el martirio de la esperanza te abrillanta las muñecas y te encanta.
Sabes bien que no la vas a tener nunca, que jamás tocarás sus labios despiertos con tus dedos cansados, que no olerás su vientre perlado ni sentirás, despacito, sus gemidos vibrando cerca de tu cuello. Que no la harás dócil, que no intentes, no rendirá sus antebrazos blancos y suaves a tus caricias de luna.
Pero recuerda que estás imaginándolo, abre los ojos y canta. Nada de esto te sucede, sé sincero: tan sólo era una postura equivocada.
Mágicamente lo encuentras. Es un lugar que no existe más que en tu frente de plata. Te da fuego un día insólito, y después, muchas madrugadas heladas. Es un aliento a manzanas que no se dejan comer, que se te escapa como gata errante, te esquiva.
Te das golpes en el pecho para escuchar el vacío sellado en tu lado izquierdo, quisieras desensibilizarte. Caes en la cuenta de que lo que más esperas es -por favor, otra vez- esa mirada. Procuras mantenerte erguido, intentas no caer en la blandura pegajosa del desasosiego, no aferrarte a los cactus, no aferrarte a tu nada. Tratas de mantenerte moral, altivo en tu pureza estéril, pero el martirio de la esperanza te abrillanta las muñecas y te encanta.
Sabes bien que no la vas a tener nunca, que jamás tocarás sus labios despiertos con tus dedos cansados, que no olerás su vientre perlado ni sentirás, despacito, sus gemidos vibrando cerca de tu cuello. Que no la harás dócil, que no intentes, no rendirá sus antebrazos blancos y suaves a tus caricias de luna.
Pero recuerda que estás imaginándolo, abre los ojos y canta. Nada de esto te sucede, sé sincero: tan sólo era una postura equivocada.
2 comentarios:
Es como intentar mantener el equilibrio y sostener la respiración al tiempo que sostienes un vaso de agua en caa mano y estás en pie sobre una cuerda floja. La sensación de vertigo, la necesidad de dejarse caer, la mente intentando controlar las palabras que han dejado de tener letras...
Fue intenso. Esas miradas son como flechas. Y no hay nada que nos defienda.
Besitos.
Aaaauuu mujeeer me entendiste perfectoooo. Eso exactamente es lo que quería decir!!! qué chido que te llegó la intensidad, así igualito como lo describes, la cuerda floja, el vacío, las miradas como flechas, y quedamos bien indefensos. Le das un sentido tan concreto a lo que escribo habiendo interpretado el sentimiento tal cual fue! guau gracias....
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