Es bien sabido que desensibilizarse es una forma de protegerse. Uno no puede andar por el mundo como desollado, como dice el buenhombre Octavio Paz, y cuántas veces no hemos cerrado los ojos o la epidermis ante el dolor ajeno.
Es bien conocida la foto de la niñita africana famélica, rendida, que es acechada por un buitre. Yo no conocía la historia del fotógrafo, un tal Kevin Carter, que tras haber obtenido el Pulitzer por esa foto, se suicidó. Me sonaba muy a drama barato de emails, así onda Amy Bruce y demás. Esa es la incredulidad que nos causa la continua exposición a la tragedia que caracteriza a estos medios, todo o casi todo puede ser amarillismo, sentimentalismo de quinta, vacío. Pero nop. Chapaleando en el mar de mi amplia ignorancia, me puse a buscar y todo parece indicar que la historia es verídica.
No me pondré a disertar sobre el punto de la hambruna en el mundo porque finalmente ese es otro tema, y ahora me interesa más el individuo tras el lente (o es la lente?). Nuevamente, el argumento del suicidio sale a relucir. Pero ése tampoco es mi punto. Suena a tragedia fácil: tomar una foto terrible, no haber hecho nada, ganar el mayor premio que un profesional de tu rama puede aspirar, el Pulitzer, suicidarte. Me parece que no es tan sencillo. El hombre estaba insensibilizado, tras años de ser fotografo de guerra en Sudáfrica. Toma la foto, 20 minutos hasta lograr una buena toma, se va. Termina la guerra (o parte de ella), uno de sus colegas fotógrafos de guerra muere, gana el Pulitzer, le preguntan constantemente si después de la foto ayudó a la niña, se siente de la chingada, se mata. Pero ahí está el punto: se siente. Finalmente es capaz de sentirse a sí mismo: logró sentir algo. Mientras tomaba la foto no sentía absolutamente nada, de otro modo no podría haberla tomado. El Pulitzer fue el premio a su objetividad, a su profesionalismo y su afán de dar a conocer algo al resto del mundo. El haberse suicidado con monóxido de carbono en su coche fue el premio a haber recobrado su capacidad de sentir, a darse permiso de abrir los ojos y la epidermis al dolor ajeno, y por ende, al dolor propio. Porque el dolor ajeno es propio, aunque suene a frase hecha. Y carajo cómo duele. Duele por ósmosis, por impotencia y por rabia.
Después de leer lo de Carter, vi a una amiga a quien quiero mucho con frío, y no le di mi sweter, sólo le di mi bufanda. Luego, claro, me dio culpa. Es una bobería, pero en detalles como éstos en donde me doy cuenta qué tan cegada estoy. Como cuando pierdo el control y hiero a mis seres queridos, cuando soy impaciente e incluso cuando pienso mal de mí misma. Por eso trato, una vez consciente de mi error, ya no pensar del modo que me llevó a actuar o a decir lo que dije o hice u omití, y luego me arrepentí. Porque el pensamiento es lo más peligroso, lo más poderoso, lo más grande. Trato y trato y trato, y la cago y a veces no tanto y a veces me sale bien, y a veces la vuelvo a cagar, así es esto. Espero que poco a poco se me vaya quitando eso de la ceguera, no me atraen ese tipo de premios como el que Carter se supo regalar a sí mismo por haber conseguido, por una vez, sentir. Me cae que prefiero mil veces sentir ahora, aunque me duela, y mínimo aprender algo. Ese es el premio.
Siendo humanos, el sentir es algo que no podemos postergar: tarde o temprano, vamos a sentir, vamos a estar conscientes, puede ser suavecito, puede ser a los chingadazos. Cada uno elige cómo. El karma no sabe de plazos ni de borrones y cuenta nueva, nada de Dioses castigadores, nada de portarse bien para evitar renacer en una rata, ja. Todo es hoy, todos los días son hoy, sentir es inevitable, nada es castigo, todo es un premio.