viernes, 14 de diciembre de 2007

Dar es dar...

Resulta quen el blog del famosísimo dentista de la mafia y zombie y humano de Masere Gatuni Coco Tapioca, o sea el Gabo, que agarra y que nos convoca a un intercambio blogueril, y que le entro, y que me toca el Jonacatlán. Para él ahí van: primero, este chistorete estacional (cortesía de Alberto Montt), luego, como es hombre e ingeniero en proceso, dos vistas preferenciales del trasero de Alizée (imágenes exclusivas cortesía de Rodrigo Castillo) y para finalizar 4 chelas biennn frías, pa' que celebre en la playita. Celebre, Jona, celebre mucho, hoy y siempre :P










A mi vez, yo le toqué al gran Taquero narcosatánico, y muy cumplidito él ya me dejó mi post aquí.... auuuu a poco no somos unos tiernos? esto de los intercambios me recuerda a la secu.... aahhhhh.

martes, 11 de diciembre de 2007

El premio de Carter

Es bien sabido que desensibilizarse es una forma de protegerse. Uno no puede andar por el mundo como desollado, como dice el buenhombre Octavio Paz, y cuántas veces no hemos cerrado los ojos o la epidermis ante el dolor ajeno.

Es bien conocida la foto de la niñita africana famélica, rendida, que es acechada por un buitre. Yo no conocía la historia del fotógrafo, un tal Kevin Carter, que tras haber obtenido el Pulitzer por esa foto, se suicidó. Me sonaba muy a drama barato de emails, así onda Amy Bruce y demás. Esa es la incredulidad que nos causa la continua exposición a la tragedia que caracteriza a estos medios, todo o casi todo puede ser amarillismo, sentimentalismo de quinta, vacío. Pero nop. Chapaleando en el mar de mi amplia ignorancia, me puse a buscar y todo parece indicar que la historia es verídica.

No me pondré a disertar sobre el punto de la hambruna en el mundo porque finalmente ese es otro tema, y ahora me interesa más el individuo tras el lente (o es la lente?). Nuevamente, el argumento del suicidio sale a relucir. Pero ése tampoco es mi punto. Suena a tragedia fácil: tomar una foto terrible, no haber hecho nada, ganar el mayor premio que un profesional de tu rama puede aspirar, el Pulitzer, suicidarte. Me parece que no es tan sencillo. El hombre estaba insensibilizado, tras años de ser fotografo de guerra en Sudáfrica. Toma la foto, 20 minutos hasta lograr una buena toma, se va. Termina la guerra (o parte de ella), uno de sus colegas fotógrafos de guerra muere, gana el Pulitzer, le preguntan constantemente si después de la foto ayudó a la niña, se siente de la chingada, se mata. Pero ahí está el punto: se siente. Finalmente es capaz de sentirse a sí mismo: logró sentir algo. Mientras tomaba la foto no sentía absolutamente nada, de otro modo no podría haberla tomado. El Pulitzer fue el premio a su objetividad, a su profesionalismo y su afán de dar a conocer algo al resto del mundo. El haberse suicidado con monóxido de carbono en su coche fue el premio a haber recobrado su capacidad de sentir, a darse permiso de abrir los ojos y la epidermis al dolor ajeno, y por ende, al dolor propio. Porque el dolor ajeno es propio, aunque suene a frase hecha. Y carajo cómo duele. Duele por ósmosis, por impotencia y por rabia.

Después de leer lo de Carter, vi a una amiga a quien quiero mucho con frío, y no le di mi sweter, sólo le di mi bufanda. Luego, claro, me dio culpa. Es una bobería, pero en detalles como éstos en donde me doy cuenta qué tan cegada estoy. Como cuando pierdo el control y hiero a mis seres queridos, cuando soy impaciente e incluso cuando pienso mal de mí misma. Por eso trato, una vez consciente de mi error, ya no pensar del modo que me llevó a actuar o a decir lo que dije o hice u omití, y luego me arrepentí. Porque el pensamiento es lo más peligroso, lo más poderoso, lo más grande. Trato y trato y trato, y la cago y a veces no tanto y a veces me sale bien, y a veces la vuelvo a cagar, así es esto. Espero que poco a poco se me vaya quitando eso de la ceguera, no me atraen ese tipo de premios como el que Carter se supo regalar a sí mismo por haber conseguido, por una vez, sentir. Me cae que prefiero mil veces sentir ahora, aunque me duela, y mínimo aprender algo. Ese es el premio.

Siendo humanos, el sentir es algo que no podemos postergar: tarde o temprano, vamos a sentir, vamos a estar conscientes, puede ser suavecito, puede ser a los chingadazos. Cada uno elige cómo. El karma no sabe de plazos ni de borrones y cuenta nueva, nada de Dioses castigadores, nada de portarse bien para evitar renacer en una rata, ja. Todo es hoy, todos los días son hoy, sentir es inevitable, nada es castigo, todo es un premio.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Fervor. Infamia. Quesito Adler.

Palabras que me deleitan. Y no sólo porque algunas tengan “f”, como feroz o fiel, sino porque ando con un antojo marca diablo de un quesito Adler de jamón o de salame o algo así…. O mínimo un quesito Casanto. Creo que ése ya ni existe, bua. Nostalgias de mi infancia perdida… son típicos en mí los antojos de cosas imposibles, como canción de Cerati; soy de esas que segurito en Berlín se me antojaría una quesadilla de queso Oaxaca y flor de calabaza, en Buenos Aires añoraría un chucrut y obvio en le Mexique muero por quesitos Adler, así soy, quiero todo lo que no puedo tener, y no tengo remedio, y ah cómo lo disfruto.

Por ejemplo. Ahora que hace un frío de la reverenda chingada en esta bodega que tenemos a bien llamar oficina, aun siento algo del calor del sol en mis muslos de cuando fui al break y me descongelé un milirato. Pues eso, gracias a su ausencia valoro y siento más bonito el sol en mi piel, aunque ya no esté, me quedo con la sensación y la gozo.

Es como cuando uno patina mucho y se queda con la sensación resbalosa al caminar, o cuando nada y en la noche se siente como flotando, y hay una analogía más, muy clásica, pero a ver a quién se le ocurre. Es la presencia que se hace más fuerte y se perpetúa en la ausencia.

Sólo por eso, y porque es viernes y ya estoy con un pie en “elfindesemana”, dejo algunas de mis fotos favoritas de la gloriosa “The canine collection”, circa 1998 (un año muy prolífico en mi etapa de fotógrafa kitsch).







"Paseando mi estupidez." Cámara: Olympus mod. sfsdgx sin zoom anatómico ni flash.









"Ansioso en tortillería." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con obturador ágil -por una vez que lo logro-.






"Aguda guardia celeste." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con lente medio cerrado para tapar el sol.








"Corrupción transiberiana." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con efecto correa.








"Misericordia de taquería esquinera." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con grasa de suadero.







"Patita curiosa." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con olor a raro.







"El sueño de los justos." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con obturador ultrasilencioso.





"Libertad de expresión." Cámara: Olympus mod. sfsdgx con zoom de hocico.

martes, 4 de diciembre de 2007

Plastic soul man, plastic soul



He creído en diversas cosas a lo largo de mi vida. A los 4 años creía que si mi mamá se cortaba el cabello corto como varón ya no la iba a reconocer. A los 5 creía que la cola de los gatos era enteramente de pelo -como la de los caballos- y comprobé mi error cuando la Pinky huyó enfurecida con la hebilla puesta y fue a aterrizar en la panza de embarazada de mi pobre mamá. A los 6 creía que eso del parto natural debería ser algo monstruosamente doloroso -creencia de la cual a la fecha no me he despojado- y me sorprendía que alguien pudiera tragarse fábulas como la de la cigüeña, tan ilógicas, siendo la naturaleza algo tan contundente. A los 7 creía que delirar no era para nada divertido, sobre todo si la causa era la fiebre. A los 8 no creía que los aviones a chorro realmente podían escribir mensajes en el cielo, hasta que un domingo desde el balcón vimos como uno garabateaba un complicado "te amo" que se iba esfumando lentamente. A los 9 creía que mi papá nunca lloraba. A los casi 10 creía que cuando uno se abría la pera -el mentón- no se alcanzaba a ver lo blanco, hasta que mi hermano se la abrió de un porrazo, pero no corriendo sino convulsionando al mejor estilo grand mal. Y a los 10 creía que México era una playa con palmeras muy cerca del caribe en donde idolatraban a Benito Juárez, y que volar sobre el atlántico en un jumbo era una increíble aventura.

Hay cosas en las que ya no creo. Hace mucho dejé de creer en el azar, en los homeópatas perdí un poco la fe y en las uñas pintadas perdí un día la esperanza y hace mucho que no la hallo. De igual modo, empecé a creer más en el desapego, en el vino tinto y en la poesía sin ahs ni ohs. En la astrología -mas no en los horóscopos- creo cada día un poquito más, así como en la vida en pareja, que antes no merecía mucho crédito de mi parte.

Las creencias que nos caen de arriba, las que heredamos y compramos, las que nos protegen del frío y nos dan de comer son las que nos moldean? o nosotros moldeamos el mundo que nos rodea a través de los conceptos? que primero son ideas, que primero son pensamientos.

¿Somos el ratón, o somos la mano?


Imagen A: el ratón-que-no-recuerdo-como-se-llamaba-pero-tenía-nombre y mi mano, 1998
Imagen B: Fox y mi mano, 1998