Pues hoy me vengo enterando (en la categoría de “cosas que a nadie le importan y sucedieron hace un chingo, pero Noelia se acaba de enterar”) que el afamado Arthur Miller escritor y dramaturgo norteamericano, ex esposo de Marilyn Monroe, era , a simple vista, un gran hipócrita. Nos reservamos el derecho de juzgar a las personas públicas no sé por qué estúpida razón (de hecho, nos reservamos el derecho de juzgar a TODAS las personas que podamos, sean públicas o privadas… nos sean útiles o no dichos juicios), quizás porque son públicas, porque exponen sus ideas abiertamente y hacen de ello un modo de vida, porque son líderes o generadores de cultura, o yo qué sé. O porque queremos sentirnos menos insignificantes (en comparación con aquellos que tienen un talento y se han hecho famosos por ello) y al juzgarlos duramente nos sentimos mejores personas, al menos por un instante.
El punto es que se dan las circunstancias para que los juzguemos y pues lo hacemos.
Nunca tuve mucho interés en este señor por algo en particular más que por haber sido esposo de Norma Jean, y haber formado con ella una pareja imposible: él, escritor, intelectual, con fama de mamón; ella sirena del cine y del sexo, no precisamente intelectual aunque se dice que buscaba cultivar esta faceta en su vida. Tal vez por eso se casó con él.
Pero hace poco me interesé por leer algo de él, en esas tardes que dices “mmm ps tengo que esperar un buen rato”, estás en un Sanborns, la mayor parte de lo que venden es literatura basura y best sellers y así, y te topas con un libro que se llama “Ya no te necesito” y pues como no hay otra mejor opción, te lo llevas.
Es una colección de cuentos, y ayer empecé con el primero, que le da nombre al libro. Es un relato muy relacionado con la libertad y la culpa, pero del punto de vista de un niño de 5 años, su relación con la madre de amor/odio, etc. No está lo que se dice ligero pero pues ahí la llevaba.
Y hoy por curiosa se me ocurre googlearlo y zaz! resulta que en 1966 tuvo un hijo con síndrome de Down a quien recluyó en instituciones desde que nació, y nunca lo visitó, hasta que el chavo, Daniel, tenía como 29 y estuvo presente en un discurso que Miller dio defendiendo a un enfermo mental que había sido acusado de asesinato, en 1995. En este evento se dice que el hijo abrazó a su padre.
Jamás lo mencionó en sus memorias, en fin, para él ese hijo no existía. Decía tener solo una hija con Inge Morath, exitosa fotógrafa, quien sí visitaba a su hijo cada semana y lo hizo hasta su muerte, me parece, en 2002.
El punto es que así de primera, como lector genérico mínimamente opinionado, pues dices chale. Con qué cara te proclamas defensor de los derechos de los oprimidos, representante de la izquierda liberal, comprometido socialmente, opositor de la guerra de Vietnam, cuasi marxista, y muchos más etcéteras, y sales con una incongruencia de este calibre en tu vida personal?
No hablo de su calidad como escritor. Su vida profesional y su vida privada no tienen por qué tener coherencia, ese es un mito: un actor/escritor/psicólogo/ingeniero/arquitecto/etc puede ser exitosísimo en su vida laboral, pero un total fracasado en sus relaciones personales y elecciones de vida. Eso no nos importa al momento de apreciar la calidad de su obra, o debería? Son humanos y tienen todo el derecho a cagarla, como cualquier mortal.
Y por otra parte, nosotros como lectorcillos volubles que somos, con nuestras simpatías, causas y banderas, nos sentimos afectados por los aspectos no tan edificantes de las vidas personales de nuestros autores en turno. Así de contradictorios somos, a tal punto de decir: "está bueno, le voy a dar una oportunidad y voy a leer enterito su libro de cuentos, que mis $125 me costó. Peores libros he leído, y me costaron más caros."
Pero volviendo al punto original, independientemente de si eres una figura pública o un simple lector de a pie, si te pones a defender una ideología, das discursos, te proclamas activista y la manga del muerto, sí hay falla si no tienes un mínimo de cuidado con lo que haces fuera de los reflectores. Si no predicas con el ejemplo te alejas del concepto de líder para convertirte en un demagogo más, y tu “intelectualidad” se va al caño. Y esto aplica a padres, madres, líderes religiosos, maestros, jefes, etc. Cualquier figura con cierta autoridad, vamos.
La primera parte de mi reflexión convoca a que observemos bien qué causas defendemos/discutimos/polemizamos, y qué hacemos por ser congruentes con ellas en nuestra vida cotidiana. Porque casi siempre lo que más escozor nos provoca y tratamos de “combatir” en los otros, en la familia y en la sociedad, aquellas que nos despiertan más fiereza, son precisamente las características que no tenemos el valor de cambiar en nosotros mismos.
Pero por otro lado, mi reflexión lleva una contracara, o segunda parte. De muy buena fuente sé que el tener un hijo o pariente discapacitado es algo con lo que no todo el mundo puede lidiar. Así que también debo reconocer que hay que tener el valor para decir “yo no puedo con esto” y dar un paso al costado desde un inicio, por cruel e inhumano que suene. Dicen que Arthur Miller simpatizaba con la eugenesia como progresismo científico, y con algo conocido como “socialdemocracia sueca”, país en el que se llegó a esterilizar a los enfermos mentales (y minorías étnicas en un inicio) en un programa que duró hasta los 70’s (lo saqué de: http://www.abc.es/hemeroteca/historico-01-09-2007/abc/Cultura/arthur-miller-aparto-de-su-vida-a-un-hijo-con-down_164612310597.html). A mí todo esto suena a nazismo y pues quien quita y sí lo era.
Entonces, resumiendo, hay que tener los suficientes huevos (y también una cara muy dura) para sostener un discurso que defiende algo que ni en tu propia vida personal eres capaz de enfrentar, pero también hay que reconocer que para muchos eso puede ser apenas el esbozo de un doloroso proceso de aceptación que bien puede prolongarse hasta que la muerte imponga un corte.