miércoles, 28 de octubre de 2009

Los dones

Jueves, 2:00 pm.
El hombre sentado, reducido pero aún furioso, puesto bajo control en el sillón con ambos brazos inmovilizados, logró patear fuerte hacia arriba, consiguiendo desestabilizar la mesita de centro con sus cuatro paneles de madera donde antes hubo cristales. Cristales que él mismo había llegado a romper uno a uno con la palma de sus enormes manos. El florero de cristal se volcó, los claveles color rosa encendido se desparramaron en el piso, el agua mojó los sillones, pero no se rompió nada. Al día siguiente fue ingresado de tiempo completo en la institución mental en donde ya lo conocían bastante bien.


Viernes, 8:30 am.

Del lado de adentro de los ventanales espero mi café y veo como la gente se dirige a sus aulas, algunos caminando rápido, otros no tanto, otros sentados dejándose calentar por el sol que a esa hora es muy tibio y benevolente.
Casi a mitad del patio, casi en un pedestal, hay dos muchachos abrazándose, parece que se están despidiendo. Son muy parecidos entre sí: ambos de cabello castaño claro, los dos bastante menudos, no tienen más de 15 años; bien podrían ser hermanos.
De repente noto que el abrazo prolongado en realidad era un beso: inocente, radiante. Todo alrededor giraba pero ellos estaban quietos en su beso, el sol los acariciaba.
Entiendo que estoy exactamente en donde debo estar, y me gusta.


Cualquier día, a cualquier hora.
Mientras tanto, de ti hay un silencio muy amplio, tu brumosa ausencia y la certeza de saber que te sigues portando como un perfecto imbécil con ella. Claro, no esperaba menos de ti.
Necesito que te equivoques un poco. Necesito que tropieces con tus propios cálculos helados y caigas de lleno en la trampa que tú mismo te has puesto, que saltes por fin al vacío de tu soledad líquida.
En ese ácido vacío tan tuyo en donde no entran ni los terapeutas, en donde sé que sufres pero te aguantas, como los machos. En donde ella no te va a ir a buscar, y esta vez probablemente ni siquiera te vaya a esperar a la salida. O tal vez sí. Eso no lo sabré hasta que lo vea.
Yo sé bien que no puedo buscarte, corro el mayor riesgo que es encontrarte, que si algo pasa no será por mí.
Cualquier día vas a necesitar que me equivoque también, vas a hacerme la emboscada: vas a jugar al policía bueno-policía malo. Si llego o no a caer otra vez en el jueguito, imposible de asegurar. Por ahora sólo sigo esperando, tranquila, a que empieces a dar manotazos de ahogado. No tardarás. Sé que es mentira que todo se va a curar algún día, sé que van a quedar las heridas, pero me hago cargo, estoy perfectamente consciente, y no tengo nada por qué pedir perdón. Cualquier día...

Créditos de las imágenes: variados y googleados, probablemente son de Deviantart.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Te mando la oferta al carajo, me subís la demanda con tutti, boló


Nos guste o no, gran parte de nuestra vida anímica se rige por esta basiquísima ley económica. A fin de cuentas, somos seres espirituales contenidos en recipientes (y por ende conductas) materiales. En innumerables circunstancias ya hemos probado y comprobado que este viejo paradigma de la pubertad de hacerse los difíciles es lo que para fines prácticos mejor funciona con el sexo opuesto.

Y no sólo se limita al opuesto. Y no sólo se limita al sexo.

Siempre se desea lo que no está accesible, hay que aceptarlo: la raíz de aquella patética teoría de las manzanitas más altas del árbol -aunque terriblemente enunciada, y fuertemente marcada con nauseabundos tintes de moralina- tiene un poco mucho de razón.

Ojo, no digo que sea la única o mejor forma de relacionarse y/o obtener cosas de los demás. No. Ni siquiera puede considerarse una estrategia como tal, pues es algo que no se planea en absoluto: su magnífico poder recae en la espontaneidad con la que se use. Por lo tanto, es una táctica que da resultados de inmediato.

El proceso es sencillo y por lo general consta de los siguientes pasos, a saber:

0. Elija a alguien que sea de SU interés. Esto es muy importante, porque si a usted no le interesa, es probable que esté manejando involuntariamente una oferta muy limitada, pero sin la atención suficiente y por ende, sin resultado alguno.

1.Decídase usted a dedicarle una genuina y especial atención a ese alguien, déle constantemente un lugar del que a la larga se pueda creer merecedor y dueño/a.

2. Un buen día, retírele esa atención y trátelo/a de modo neutral. No quiere decir que sea usted agresivo ni descortés, ni mucho menos malora (ja, malora, qué palabra...), solamente le pedimos un poquito de... indiferencia. Ignórelo/a olímpicamente. Oculte mercancías, no enseñe, no oferte.

3. Si el susodicho/a está pendiente de usted, o tal vez de su propio ego, se parará de pestañas y reaccionará. No se sabe con qué objeto, pero aumentará considerablemente su demanda de ese producto que usted, por alguna razón, ya no le está ofertando.

De ahí a que el sujeto le compre, eso sí ya quién sabe. En esa decisión influyen otros factores, como ser el poder adquisitivo del sujeto/a, las variaciones estacionales de la demanda, si su producto es un bien de lujo y si está o no gravado (con eso de que el tema está tan de moda), etc etc etc.

Pero lo bello de esto es que ya ha creado usted un eficiente sistema de "tire y afloje" que lo acompañará en sus relaciones por el resto de su vida, y que le podrá ser muy útil en diversas e inesperadas situaciones.

Nota al Pie: en psicoanálisis esto sería como construir una linda y flexible interacción histérica/obsesivo, apelando a esa histeriquita y a ese pequeño obsesivo que todos llevamos dentro.

viernes, 2 de octubre de 2009

necesitaba postear esto cual flogger, por una extraña razón me encantan






























Estábamos en casa de Beto (-ábamos porque no sé quien más iba conmigo, pero tenia compañía eso lo sé) y no nos dejaban subir a la parte de arriba, era de noche. Nos sugerían dormir en la sala.

Salíamos y era el mar. Un mar tipo lago porque era muy quieto. Se veía a niños caminar por el fondo, y lentamente ir bajando. Era muy transparente y tranquilo.

Yo estaba aferrada a una especie de muelle -en medio de la nada- no se veía la costa, pero había un muelle de madera, con escalerita, al que yo estaba prendida.

Al fondo del horizonte veo formarse una tormenta muy oscura. Noto que no es tormenta, es tornado. Se está moviendo hacia mí. Siento algo de miedo, pero no me muevo. El tornado, en forma de embudo, pasa junto a mí, a mi izquierda.

No me destruye, no me hace nada. Ni siquiera levanta agua a su paso.

Me da vértigo, pero sigo ahí prendida al muelle.

Pasa un segundo tornado y es lo mismo. No me toca.