martes, 29 de septiembre de 2009

I'm so horny but that's ok, my will is good

Mañana a rockeaaaar-uuuuouououo...!!! Stoy tan emocionada.


Y no tengo nada mas que decir. Bueno sí, pero ahora no, qué hueva.



-"Espérense, cabrones, donde dejé mi kohl L'Oreal??? en la rueda???"

- "Wey no! esta toda oxidada, otra vez no, no mames..."

- "OK sigan con sus joterías, aquí los espero, no hay pedo..."

aaahhh los amo!!!

jueves, 24 de septiembre de 2009

Viéndolo bien, que el trabajo de uno consista en llevar a cenar a gente bonita de Colombia y Ecuadors, entretenerlos, mostrarles la ciudad, cenar gratis y disfrutar de una noche cálida y seca en una ciudad que siempre es fría y últimamente bastante lluviosa, es algo que no está nada pero nada mal.
Y nunca me he quejado de éste mi trabajo eh.

sábado, 12 de septiembre de 2009

El episodio de los brazos gorditos (y el episodio de la cerradura oxidada)

Empezaremos por el episodio de la cerradura oxidada. Uno no sabe la cantidad de fuerza que tiene en el codo hasta que da codazos. Suena muy sencillo, no? pues así es. La solución más viable a un problema siempre es la más sencilla, o algo así dice un postulado de la navaja de Occam o no se qué.
Pues bien, el codo es una parte muy resistente de mi cuerpo, y os diré por qué. Lotro día llegaba de de una fiesta y las lluvias tuvieron a bien oxidar mi entrada, resultado: la llave no giraba y no podía yo entrar. Forcejeé tratando de entrar, sin lograr nada, aunque cuando di un codazo (un poco más de bronca que con intenciones de realmente solucionar el problema), me di cuenta de la fuerza que éste maneja. Ya había dado pataditas con las rodillas, sin ningún éxito, y pues uno siente dolorcito y dice ok ya estuvo. Pero con el codo no. No duele nada, uno pega con toda la fuerza y acá chido.
Nada, que al final, aunque llegó el vecino en mi auxilio con su aceitito 3-en-1, no logré entrar y tuve que irme a dormir a casa de mis papás. Moraleja: la lluvia y las cerraduras no sellevan.
Bueno eso qué. Está del nabo este post.
Iba a decir algo de los brazos gorditos, y qué por qué son algo muy femenino y verdaderamente lindo, y la vez que lo expliqué provoqué una sonrisa muy padre, pero inquisidora. Pero la verdad ya no tengo ganas de explicar más nada al respecto.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Discurso y escena

I. Discurso de la disnea

Van varios lunes que despierto antes del alba, atosigada, sudada, parcialmente ahogada y sibilante.
¿Que qué es sibilante? básicamente, que silba. Es así como que desde el cuello y más abajo, como a la altura del esternón, se produce un silbido involuntario cuando el aire pasa, y se siente como una tubería oxidada transitada por un viento caliente que en cada inspiracion/espiración, emite un sonido similar a gatitos lejanos y chillantes. Silbantes. Y esto se refleja en la espalda, que cada que llora un gatito, se encoge y contractura involuntariamente, tal vez de tristeza.

Decido dejar de luchar con la almohada y las posiciones, pues es bien sabido que no podré conciliar el sueño hasta que el aire entre y salga como dios manda, es decir, sin sibilancia. Eso suele ocurrir generalmente tras una hora, hora y media, en la que veo tele o leo, lo que me quede más a mano. Hace algunos años bien podría haberme desesperado y llorado de rabia, pero hoy por hoy lo tomo con mucha calma y filosofía.

No cuento con el recurso del "soplete", o sea el inhalador, por varias razones, que se encauzan en una sola: no lo he comprado. En primera, no me agrada nada la idea de gastar dinero en eso. No sé, prefiero gastármelo en ropa, películas, incluso en comida o regalos para amigos y parientes.

Pero en salbutamol? ash no. Es tan out. Existen en el mercado, por supuesto, otros broncodilatadores de avanzada, como el amigo Seretide, pero es tan asquerosamente caro. Bah, en sí no lo es tanto, pero me duele comprarlo y pensar que me alcanzaría para unas lindas botitas de oferta o un vestido sencillo.

Otra razón es que soy fiel creyente de que debo aguantar y vencer al síntoma, yo solita, sin bastones. Ya cuando sienta que de plano puedo más, o sea ya para la próxima madrugada sin aliento, me procuraré la salida fácil del soplete, digo porque tampoco se trata de llegar a los amaneceres con la respiración conteniéndola a una, en lugar de una misma contener la respiración. Pero no antes.

II. Escena de supermercado en sábado por la noche

Llueve a cántaros y ahí va ella, recorriendo el pasillo cerca de las cajas con esos minúsculos pies mojados y amarillos de tan helados, porque va saliendo de clase y antes del partido decidió pasar por provisiones, es decir, vino tinto. Sandalias rojas, pantalón de pana rojo quemado, alaciado aún impecable a pesar de la lluvia, delineado inmejorable; contra ese rasgo la lluvia no tiene absolutamente nada que hacer.

Paso constante y mirada absorta en las portadas de las revistas: Quién, Caras, Hola, Vanidades, Glamour, GQ, Cosmopolitan. Pasos concentrados en llegar al baño (tiene frío y por ende ganas de hacer pipí) y nada más que eso importa en ese momento.

De pronto, una mirada la interrumpe. La hace voltear, imperativa, de la distracción revisteril de su derecha. A su izquierda, un tipo rubio alto, con cara de intelectual indudable, aunque sin lentes, naturalmente gordito, aunque no de esos gordos guangos sino más bien de esos gordos sólidos, la mira con una cara de estúpido totalmente fuera del tiempo. No hace ademán de saludarla, su gesto ido esboza una semi sonrisa, y ella tampoco lo reconoce, al menos no en los segundos que dura el cruce.

Cuando llega al pasillo del baño, ella piensa: "pero claro, era Rodrigo!! Ahora agarro y voy a toparlo casualmente en alguna de las góndolas de comida". Y eso hizo.
La noche rebosaba de hombres solos en el supermercado, y tenía varias miradas encima, algunas interesantes, otras no tanto. No se amilanó y siguió su camino, haciéndose tonta en el estante de las papas fritas. De lejos vio su gorda espalda en la fila del pan, como buen gordito. Con su bolsa de estraza se acercó velozmente y pronto quedó de otro lado del anaquel central, y la volvió a mirar.
Ella entonces lo increpó "hola! eres fulano de tal, verdad?" y él sólo alcanzó saludarla de beso (ella no esperaba eso), y a balbucear torpemente "sí, hola, como estás?", ella rápido un "bien bien gracias y tú?", él "bien también" y ella "bueno adiós!", "adiós...". Inmediatamente y como para cortar la escena, se topó con otro simpático gordito de larguísimas pestañas que la reconoció rápido y puntual. Ella echó un vistazo a su carrito lleno de alcohol y él mencionó el partido. Y ella recordó: "ah claro el partido!".
Después de la despedida del futbolero, ella retomó el hilo de su pensamiento y asumió que aquel no se acordaba absolutamente de nada, supo que él no tenía ni la más peregrina idea de quien se trataba. ¿Hermana de un paciente suyo? nunca lo sabría. Él se quedó con la duda.
Y ella se quedó con la certeza. Se fue caminando, con sus pies más tibios ya, a la zona de los vinos, e inmediatamente llamó por teléfono a su madre para contarle del absurdo evento, y continuó encontrando miradas de sábado por la noche en el supermercado antes del partido.

martes, 1 de septiembre de 2009

mejor que esté en la palabra y no en el cuerpo

Dicen... supongo que es por algo, no?