Tan fácil como asirlo suavemente de la espalda baja, dejando que su cintura, imposible, se sienta segura en mis manos. Tan natural como ser, detrás suyo, su eje: con una rodilla en el piso y otra doblada, formando un marco protector para las vértebras deslizantes, para el etéreo abandono que ondula con gracia su pelvis hasta el empeine convexo, poderoso.
Tan sencillo como ser hombre para él, que es frágil, que es fibroso: desde mi cuerpo de caléndula sentirme bravo roble y sostener, conmovida, sus gestos de junco.
Tan natural como entender que su hombría es mucho más desesperadamente femenina que mi propio sabor a mujer, concedido y estoico, otorgado al azar por un Dios que, de tan amante, es un despreocupado al que le importa un carajo si género y sexo coinciden en un mismo cuerpo. Por eso crea almas diseñadas para amar, deseosas de inventarse y descubrir por sí mismas su horma, su aptitud de movimiento.
Tan indiscutible como admirar la pureza de quien tiene el valor de ser lo que sus sueños le han mostrado de sí mismo, más allá de un rol rígido y adjudicado: ser sentimiento y vivir en consecuencia.
Tan sencillo como ser hombre para él, que es frágil, que es fibroso: desde mi cuerpo de caléndula sentirme bravo roble y sostener, conmovida, sus gestos de junco.
Tan natural como entender que su hombría es mucho más desesperadamente femenina que mi propio sabor a mujer, concedido y estoico, otorgado al azar por un Dios que, de tan amante, es un despreocupado al que le importa un carajo si género y sexo coinciden en un mismo cuerpo. Por eso crea almas diseñadas para amar, deseosas de inventarse y descubrir por sí mismas su horma, su aptitud de movimiento.
Tan indiscutible como admirar la pureza de quien tiene el valor de ser lo que sus sueños le han mostrado de sí mismo, más allá de un rol rígido y adjudicado: ser sentimiento y vivir en consecuencia.
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