Somos tan expertos en juzgar y etiquetar al prójimo que lo hacemos hasta con los ojos cerrados. Es más fácil lidiar con algo que consideramos "conocido" que enfrentarnos minuto a minuto con las sorpresas que implica conocer realmente a alguien.
Redimimos y condenamos basándonos en opiniones, actitudes, y demás subjetividades. El summum de la redención, que pasa por alto cualquier opacidad, desperfecto o simple mediocridad del sujeto juzgado: el enamoramiento, o pendejez secundaria, y la calentura, o pendejez primaria. Y una sutil combinación entre ambas. En este estado benevolente somos capaces de adorar hasta las más vulgares fallas de un ser humano, porque todo nos parece estúpidamente encantador.
Por otro lado, el más claro ejemplo de la condena no es el odio, sino la indiferencia. Condenamos a aquellos que no conocemos mucho, que no nos importan, y que por alguna circunstancia lo primero que nos ha llegado de ellos ha sido negativo. Como con el pobre del novio de tu amiga, de quien sabes todas sus falencias de labios de ella, y mira que no son pocas, y cada vez que ves al tipo sientes esa mezcla entre lástima y secreta complicidad, porque mientras él se vende como el gran tipo que quiere ser, tú en el fondo ya te sabes de memoria sus inseguridades, sus caprichos y desplantes; todo lo que tu amiga te ha descrito encaja perfectamente para que el gran teatro de sus virtudes no sea más que la confirmación de todas y cada una de sus carencias.
Es imposible tenerle algo de fe a alguien que se ha condenado desde un principio, se pierde la emoción de lo posible, la maravilla de las virtudes interminables.. que en realidad no existe como tal. Cada virtud viene aparejada con un odioso defecto igual en magnitud y opuesto en sentido.
El proceso de desenamoramiento generalmente funciona así: se elige una virtud del sujeto en cuestión, la más atractiva, la más deliciosa, para así contrastarla con su correspondiente defecto, y sin esfuerzo darse cuenta de que realmente pesa mucho más el defecto, de que su carisma y coquetería son insignificantes al lado de su indiferencia y necesidad constante de ser el centro de la atención. Y así. Es cruel, condenar es vacío, injusto y cruel, pero de alguna manera hay que librarse de todo aquello que nos retiene en el limbo y no nos está dejando seguir adelante.
Update: por respeto a la fallecida Aaliyah, cuya forma de cantar siempre me agradó, y sólo por eso y porque el sabado me chuté la peli mientras hacía otras 3 o 4 cosas, y me pareció re-jocosa, anexo esta fotini, y en consideración al lector que se fumó todo mi choro mareador-azotado de arriba orillado por el título tergiversador-vacilador.
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Nótese el blanco pambazo del guampiro rockero (que yo creo que es primo de Keira Knightley porque está igualito).
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