miércoles, 26 de noviembre de 2008

Las leyes del intercambio

Tomó el papelito que hace casi una semana había dejado botado en el estuche de metal. Estaba doblado en cuatro y decía aquel nombre -otra vez... ese nombre, siempre, el nombre- con una simpática variación anglosajona.

Esas pendejadas del amigo secreto nunca las entendió del todo. La primera vez que participó en un "intercambio" fue desastrosa: se preocupó por conseguir algo bueno para la persona que le tocó, se tomó el tiempo de ir a comprarlo antes, y llegó ese día con el regalo justo para Denisse, que en realidad no era amiga suya, pero era de las chicas populares del salón. Se parecía un poco a la dientona de Beverly Hills 90210, como se llamaba? Kelly, sí, se parecía un poco a Kelly.

Llegó el momento de intercambiar los regalos: fulano le daba a zutano, zutano a mengano, y así la cadenita. Su nombre nunca apareció. Todos intercambiaron cabalmente, pero quedó una persona con las manos vacías, porque "de seguro al que le tocaste no vino".

Y así se fue a casa con las manos de diez años tan vacías como cuando había llegado al país.

Por eso mucho no le gustaban los intercambios. Descubrió que la ley del intercambio era así: la bondad del regalo recibido es inversamente proporcional a la bondad del regalo entregado.

Puesto en fórmula sería así:

f(Q) = R / E

donde R es la cualidad del regalo recibido y E es la cualidad del regalo entregado.

Entendió que entre más se esmerara en conseguir un buen regalo, peor sería el regalo que obtendría a cambio. Pero no lo puso nunca en práctica porque le parecía excesivamente cínico.

Una vez, ya en primero de secundaria, y para evitar los contratiempos de saber qué demonios quieres para el puto intercambio, se les hizo decir uno a uno su deseo de regalo. Llegado su turno, con la timidez galopante que le embargaba en situaciones en las que tenía la atención de todos sobre su ser, sólo atinó a decir:

- Puesssss... un cassette.

Pero de qué?? de quién?? No contestó. Demasiada pena y las risas de los demás cuando Walls respondió la pregunta que flotaba en el aire: "puede ser de quien sea? de Pandora??". No respondió, silencio. Nada. Ash, Pandora. Desde ese momento comprendió que si alguna vez decidía gustarle Pandora, ese tendría que ser un gusto culpable, y desde ese momento también comenzó a odiar y a amar - ambos en secreto- a Walls por su encantadora mezcla de torpe carisma y natural pedantería.

Sin embargo, al amar la dualidad en Walls también sintió por primera vez algo completamente aturdidor: una inaudita necesidad de darse. Dejó de importarle lo que recibiera a cambio: se volvió preponderante la sensación de cuidar, nutrir y contemplarse en completa rendición a un sentimiento poderosísimo y embriagador. Pero se obstinó en mantenerlo en secreto, porque a medida que crecía la embriaguez y delicia que sentía ante las azules miradas que de repente encontraba en Walls, también crecía proporcionalmente su desdén por sus modos sobradores, sus abyectas amistades y sin duda su soberbio egocentrismo.

Puesto en una fórmula, sería algo así:

f(S) = E (D)

donde E es la embriaguez y D es el desdén.

Llegó el momento en que la contradictoria proporción se anuló a sí misma, parte negativa con parte positiva, inesperadamente y contra toda ley llegó a ser cero, y después se igualó a 1: por gracia del cansancio, o por simple y carnal deseo, dejó de lado el desdén y se quedó con el aspecto positivo de la ecuación, lo cual era mucho más fácil que la continua lucha por mantener y hacer crecer el bipolar balance. Pero para ese entonces ya era demasiado tarde, porque la prepa había terminado.

Por eso ahora, casi 10 años después, retomaba el papelito doblado en cuatro y lo miraba con incredulidad.

El sorteo se hizo dos (2) veces, y la primera vez no le había tocado ese nombre. Con tranquilidad casi soberbia se había guardado el papelito en el bolsillo del saco, pensando simplemente en a quién le tocaría y quién le podría dar el más lindo regalo. Volvía a la primera fórmula de los intercambios, donde la bondad de la materia era lo más importante, f(Q), y dejaba atrás los ingenuos años en que descubrió el poder de f (S).

Con la precisión de un gato que siempre cae de pie, se había deslindado al fin de tener la responsabilidad del peligroso nombre, todo por obra y gracia de su fabulosa suerte. Por su parte, si por el contrario, el papelito con su propio nombre escrito en tinta negra le tocaba a la persona del nombre peligroso, eso ya no era su problema. No era en absoluto su preocupación.

Pero la fatalidad tenía que hacerse presente.

La sorteante (es decir, la que hizo los papelitos) asignó el último papel de la cajita a una persona que por razones físicas no estaba presente, pero se debía incluir en el intercambio, y al hacerlo lo vio, enterándose de inmediato que era ella quien le tocó a la persona ausente. Y así no se puede, se rompe todo el encanto: uno jamás debe saber a quién le tocó, es la ley básica del intercambio.

Es como dividir algo entre cero, da error.

El sorteo se rehizo. Tuvo que meter la mano derecha en el bolsillo y regresar su triunfante papelito a la caja rosa. Los volvieron a mezclar, cuidadosamente; creyó que evitando el primer o o el último turno al elegir papel se libraría de cualquier resbalón de la suerte, y eligió en turno intermedio, cuando algunas ya habían tomado y otras quedaban aún por tomar. Entre carcajadas se burlaban de aquella que no quiso cambiar su papelito:

- Seguro que no te tocaste a tí misma?? no puedes tocarte a tí misma eeehhh!!

Debió haber seguido ese ejemplo y aferrarse a su primer papelito. Pero no lo hizo, confió ciegamente en su estrategia del justo medio. La cual no le sirvió de nada. Desdobló suavemente la miniatura, como si se tratara de un dulce exquisito, y tan pronto vio el nombre compuesto dijo, medio en broma, medio en serio, pero de inmediato:

- Lo puedo cambiar???

Pero su pregunta no se oyó porque había demasiadas risitas y jolgorio en el ambiente, al que naturalmente terminó por unirse.

3 comentarios:

Erick dijo...

Que historia tan bonita y tan triste, pero los intercambios me son odiosos. Una impostura social, un contrato sin garantías.

Tus fórmulas son esclarecedoras. Me encantaron.

Anónimo dijo...

yo tambien tengo una historia de intercambio en 1ero de secundaria!!! donde repetimos dos veces la seleccion de nombres y las dos veces me toco el mismo papelito, del chico con el que me querian emparejar las chavas de la clase, y casualmente yo le toqué a el la segunda vez, y a la hora del intercambio me dio un garfield (mi personaje favorito en aquel entonces) y todos gritaban beso beso!! pues nos dimos uno todos apenados, en el cachete, pero nunca me convencio de andar con el, era demasiado chico malo para mi tipo... jajaja

anyways me encanto tu relato, cual es el nombre que te toco?

y esta genial la parte donde hablas de Walls...lol

L.

Noelle dijo...

erick: grazie... pues yo creo que en el dar está lo importante, recibir no es importante... o no debe serlo.

Lo: demasiado chico malo para ti!!! calmate chica buenaa!!! jajajajaaja.. el nombre que me tocó es N.N. o sea anonymous jajajaaa nevermind... y claro el buen Paredes como olvidarlo, a poco no lo escribí tal cual? =P
besoss