Como la vez cuando nos explicaron todos esos trámites y sus interminables requisitos, y yo me dediqué a mirarte las piernas.
Lo anterior suena propio de alguien bien ocioso o decididamente depravado, pero no es ninguno de esos casos.
Ociosa no estaba, pues con todo y mis distracciones le estaba poniendo buena atención al hombre al otro lado del escritorio, quien casi con ternura nos enumeraba -de memoria- los santos y señas de cada documento.
Si hoy me lo preguntas, puedo recordarlo.
Y depravada tampoco, porque te miraba con mesura, con discreción... con candidez, si se quiere.
Te miraba como si fuera la primera vez que mirara un par de muslos con pantimedias, como si mirara con asombro mis propios muslos al crecer.
Entonces, ni ociosa ni depravada, tan sólo me entregaba al encuentro.
Dice un maestro mío (qué grande es volver a tener maestros, qué bueno es nunca dejar de tenerlos) que siempre existe la posibilidad de un encuentro. Es lo que buscamos, lo que evitamos, lo que nos cambia la vida en un instante o lo que nos acaba por decepcionar. La vida está hecha de encuentros, y la muerte es uno de ellos.
Eso último lo digo yo, no mi maestro.
Como hoy, que me pediste que te acompañara y atravesamos el pasto helado y empezó a salir el sol. Porque cuando lo sentí inevitable te dije que tenías algo en el cabello, y tú con tu mano tanteaste pero no lo veías, no te veías -como yo te veo a ti- y te tuve que sacudir el flequillo muy suave, yo misma, para decirte que tenías una pelusita, y te dejaste. Te dejaste porque no nos veías, como los demás que teníamos enfrente y nos vieron tan cerca, que aunque nos miren toda una vida, no te verán jamás como yo te veo a ti.
2 comentarios:
Me han gustado harto
tus escritos
jajaja y me dan risa
me gusta pues como cuenta
la cosas
:)
interesante.. !
oohh gracias!!! =)
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