jueves, 7 de julio de 2011

Cuando se va la luz

El otro día, tomando clase de jazz (a 2 meses de haber regresado, después de un añito sabático que me autoreceté), que se va la luz y tómala, que no se suspende la clase sino que al contrario, a chingarle se ha dicho y pues le seguimos.

Es una sensación bien rara, porque al principio agradeces la desaparición del bullicio de la música, mismo que normalmente no notas, porque la música es la música, qué diablos! y es lo que nos hace bailar... pero luego ves que falta y lo que sobreviene es el silencio y pues.. le das la bienvenida!

Entonces, todo se convierte en la voz del profesor, las respiraciones de nosotros los alumnos, y los sonidos de los pies en el piso, los músculos tronando al estirarse...

Se agarra un ritmo colectivo, donde como no hay música todos estamos más pendientes de los cuerpos de todos, sus movimientos y secuencias, atentos al momento justo para salir a la diagonal.

El maestro, en vista de que la luz no vuelve, opta por las palmas para marcarnos los tiempos y dice: "chale, ya parezco maestro de ballet".

Al no haber música que suavice, la concentración en el propio cuerpo, sus límites y sus necesidades, se vuelve imperativa.

Llega un momento, después de las diagonales, en que el maestro debe dar por terminado el ejercicio, pues sin música definitivamente no se puede coreografiar, y así se cierra una clase de poco más de una hora, en la que hubo mucho esfuerzo y bastante aprendizaje.


Es cansado, sí; no es realmente muy relajante (para ninguno, ya sea maestro o alumno) participar en una clase de este modo... pero creo que es muy provechoso... no estaría mal, como sugerencia, que al menos una vez por mes se diera una clase así.... nomás para concientizar sobre todo lo que mencioné anteriormente.

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