lunes, 21 de mayo de 2007

De voces y poderes


El balanceo del autobús te mece. Su callejero ronroneo, su pobre amortiguación te acomodan en el sopor de la hora de la siesta. Tres de la tarde en la acalorada ciudad, y los ojos poco a poco se te cierran, no te das cuenta y tus párpados se buscan, se encuentran. Placer de abandonarse al cansancio, a aflojarse, rendirse ante las puertas de la vigilia.

El bullicio de los niños se convierte en un murmullo, una nube de zumbidos que se aleja, se disuelve en el letargo introspectivo.

Tu cuerpo se está yendo, se te va.. y no te importa, la somnolencia te arrastra y te dejas llevar..
Hasta que oyes tu nombre. Es una voz que viene de adentro, te llama por tu nombre, te habla, suave pero clara, diáfana. Conoces tan bien esa voz que te espanta el sueño, te arranca la comodidad de un golpe. Con los latidos acelerados, sobresaltado y confundido, retornas del umbral de la inconsciencia, estabas al borde del precipicio y alguien llegó de la nada a acariciarte la espalda. Te enderezas en tu asiento y miras hacia todos lados, siguen los niños con su bulla, nadie parece percibir tu consternación, nadie que pudo haberte llamado. Y por tu nombre.

Prometes jamás volver a dormirte, ni permitirte dormitar, es más, ni siquiera cerrar los ojos, en cualquier autobús, en tardes tibias.

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