lunes, 1 de febrero de 2010

El peligro en cinco tiempos

(Cosas que ud. debe saber antes de leer este post:
* ahogado: un tipo que por pedo se puso a hacer largos en la alberca compitiendo con sus amigos pedos y de repente ya no respiró y se quedó en el fondo de la misma, y lo tuvieron que sacar y estaba morado y no reaccionaba. Y uno de sus amigos entró a la sala gritando que su amigo se estaba ahogando y todos nos sacamos de onda gachísimo. Después ya reaccionó y ni coordinaba el güey de lo ebrio que estaba)
*cadeneo: forcejeo/aglomeración requerida para ingresar al reputísimo classico de Acapulco de las tunas.)

El día estuvo lleno de risa absurda, lluvia, sol, dolores mensuales, paz, descanso, luna llena, nubes, reánimo y razonamiento lógico propio del dominó de 12 puntos, entre otros tantos, pero por sobre todo estuvo plagado de peligros, reales y ficticios, conatos y consumados.

(Vuelan los murciélagos mientras escribo, pero ese no es ningún peligro. Espero que aparezcan los temidos gatos, y como no llegan, me empiezan a comer los mosquitos. Mejor me meto)

El primer peligro, bah, mejor dicho, sensación de alerta máxima, corazón latiendo fuerte, angustia del tipo "y ahora qué?", fue en la escena del ahogado*. La forma en que nos acercó a todos a la posibilidad de una muerte estúpida -pero rotunda- en cuestión de segundos me dejó un poco menos que perpleja. No nerviosa, no estresada, solo perturbada por la brutal cercanía.

El segundo peligro, mejor dicho, sensación de riesgo físico causada por incomodidad y pérdida del espacio vital, fue en la escena del cadeneo. La aglomeración era tal que por varios minutos no había movimiento posible y sólo se podía seguir el fluir de la corriente. Lo empinado de las escaleras hacía más complicado todo el ascenso, y el contacto físico con extraños era -por primera vez- chocante y desubicado.

El tercer peligro combinó los dos peligros anteriores. Fue al mismo tiempo cercanía de muerte (en este caso, la propia) y alto riesgo físico. La terraza atestada de almas ebrias, el ruido de cristales rotos, los empujones, la gente abriéndose y obligándonos a subir a las mesas, tirando así más vasos y jarras. Ver un sujeto en el piso y a los de seguridad forcejeando. Otra vez, en cuestión de segundos una situación determinada se constituye como amenaza real.

El cuarto peligro fue simplemente la ira. La sensación de adrenalina en la sangre, la sangre en los ojos y el temblor en la garganta que se rebela, que se defiende furiosa, ante nada. Ante el gesto sorprendido de la destinataria, la que sin querer provocó la violenta reacción de batalla por tanta envidia tan mal llevada (de parte mía). El riesgo allí era total: una pelea, no física, claro, pero sí emocional y estructural. Una ruptura blandiendo palabras y empapada de lágrimas de rabia, que no llegaron a surgir pero estaban muy próximas. Este fue un peligro de doble (o triple) advertencia: para mí, la enfurecida; para la destinataria (provocadora) y para el objeto (indirecto) de la discordia, quien finalmente diluyó el feroz ataque que se nos venía encima con dos rápidos movimientos.

Y el quinto peligro es el más sutil de todos, y también el más profundo e incompartible. Los peligros anteriores son más fáciles de manejar por mí, inconsciencia de por medio. Mi propia ignorancia me protege de los 4, por ejemplo, mi capacidad de desconocer mi ira y sus raras apariciones.

Pero el quinto peligro está en la sensación de perder todo control de mí misma siendo sometida a la implacable influencia de una voluntad externa a la que no soy capaz de negarme.

El quinto peligro es el roce, es el contacto. El inmenso y más tremendo peligro es la mirada -que evito en lo posible- la empatía, la puta cercanía. La mano de aquel brazo que me detiene firme cuando viene carro, las dos súbitas (y descaradísimas) manos que desde atrás me toman por la cintura como indicadores exageradamente masculinos de "yo lo hago" antes de mover una mesa. Mi sorpresa e indignación ante tal gesto, y mi secreta dicha y satisfacción culpables por la pequeña "complicidad". Evitar al máximo los siguientes posibles roces; en las curvas en el taxi los seis todos apretados, y yo luchando por contener el peso de mi cuerpo para que mi hombro no toque el suyo, tan caliente. Pero las curvas, la fuerza de los cuerpos en un vehículo en movimiento, las gravedades y los choques son peligros constantes que uno corre por el simple hecho de estar vivo y respirando, y es bien difícil ponerse en su contra.

3 comentarios:

Flakicienta dijo...

a que nochesita la de esa noche!!!
me gusta como relata sus peligros
y el ultimo mas que intrigoso e interesante :)

saludos!

Kaninchen dijo...

:|
Toin!!!!!

Noelle dijo...

jjejejej siii que nochecita! ;)